Emperatriz de ninguna parte

-dubitativa,incompleta,incoherente-

Wednesday, March 25, 2009

Aviso

Este blog se mudó. De querusa como quién dice, silbando bajito, llevándose despacio palabra por palabra y todo lo que hay adentro. Cause the grass is always greener on the other side.

Thursday, January 24, 2008

ENOUGH

BASTA. que pase algo. que estalle. que decante. que se caiga constantinopla, o florezcan girasoles en mi patio, pero algo. que me olvide.que se me pase. que se nos pase.que no resista más la telaraña. que se desborde. se rompa. que me muera o empiece a vivir, pero en serio. que me escuches lo que te digo entre sueños. que te alejes de mi ahora, o no te vayas nunca.

Wednesday, December 12, 2007

Sueño con un lugar menos imposible que éste.

Wednesday, September 12, 2007

Stanley me mira con sus enormes ojos felinos. Imagino que ensaya un gesto de comprensión mientras me limpio las lágrimas de la cara.

Finalmente un lugar para mí. Cuelgo mis fotos, guardo mis libros, apilo mi ropa.
Mi cambalache habita sin urgencias, mientras hago propios los ruidos de ésta casa, el patio con sol.

Y entonces suspiro incrédula, esperanzada

sin embargo, todavía me sobrevuela la tristeza como un pájaro alborotado.

Saturday, June 02, 2007

CADA DIA ME CUESTA MAS ENTENDER ESTO.

Tuesday, December 05, 2006

quedarse

Por favor estacioná en esta esquina que yo me bajo acá, en el sur del mundo. Bienvenidos a mi nueva trinchera, a mi primer estado permanente.

Thursday, November 23, 2006

te por las noches cafe por las mañanas

Lo hacía todo así, metódico. Hasta comer era un ritual. Primero se sentaba, acercaba la silla hasta el borde de la mesa, tomaba una de las servilletas de hilo bordado que hacían juego con el mantel y repasaba cada uno de los cubiertos de plata que ella, su mujer, había dispuesto para él. Empezaba siempre así, por la cuchara, que limpiaba primero por el mango, y seguía recorriendo uno por uno los dientes del tenedor, y después la cuchara de postre y al final, siempre al final, limpiaba detenidamente el cuchillo mirando su reflejo en el metal. Ella, su mujer se acercaba con gesto afligido preguntándose que habría hecho mal, ya que no importaba con cuanto afán lustrara aquella vajilla, con cuantos productos y con que intensidad porque de todos modos él iba a sentarse en esa mesa en cada desayuno, cada almuerzo, cada cena, a llevar adelante toda aquella parafernalia que concluía al levantar la copa a trasluz y cerciorarse de que estaba limpia. Entonces ella comprendía que el proceso había llegado a su fin, que era hora de servir la comida, y de sentarse en la cabecera opuesta a la de él sin pronunciar palabra. Y él comenzaría a quitarle la piel al pollo minuciosamente hasta dejar la carne expuesta, y haría pequeñas y organizadas torres, un bocado de pollo cubierto por uno de puré.
En ocasiones ella intentaba romper el silencio, le hablaba sobre la receta de Brócolis que Susana le había pasado, sobre los nuevos vecinos de pasaje schenzer, los de la camioneta azul, y entonces él contestaba ladeando la cabeza, y volvía a levantar la copa y a mirarla a trasluz, y ella decidía que era el momento de levantar los platos, y se iba caminando despacio por el pasillo, mientras él se levantaba para sentarse frente al televisor del living, y ella lo escuchaba reírse de aquél programa cómico que ella jamás entendería y entonces lloraba un llanto amargo y silencioso y las lágrimas caían haciendo “plop” sobre el agua enjabonada, sobre la porcelana china, sobre todos los sueños que alguna vez había tenido, sobre el recuerdo del maletín marrón que su papá dejaba al lado de la puerta antes de levantarla por el aire y preguntarle como estaba su princesa y ella envuelta en aquel vestido almidonado y con las rodillas raspadas de tanta infancia, le cantaba una canción.
Y la princesa estaba ahí cubierta por un delantal azul impecable y almidonado también, con las manos dentro de aquellos horribles guantes naranja de látex, dentro de aquella casa y vida de provincia, dentro de aquellas sábanas que compartía con él. Y se secaba las lágrimas y se acomodaba el rodete bajo que llevaba siempre, se enderezaba su pollera acampanada hasta la pantorrilla y caminaba hasta el living llevando una taza de Té.
Todas las mañanas a las 6.05 sonaba el despertador y entonces él, porque era muy metódico, se levantaba, se quitaba sus pijamas de pantalón largo y hacia ejercicios calisténicos al costado de la cama mientras ella, su esposa se levantaba a prepararle el desayuno que consistía en dos tostadas con manteca y miel y un café negro mientras él a las 6.35 se metía en la ducha y a las 7 se sentaba durante 17 minutos a desayunar porque a las 7 y 18 debía estar subido sobre su falcon azul para llegar a trabajar.
Todas las mañanas, a las 7:30 al entrar a la oficina volvía a preguntarle a Laura si alguien había usado su teléfono y entonces Laura volvía a responderle que no, que la oficina quedaba cerrada y que él era el único que tenía la llave, pero el entornaba la puerta tomaba el tubo y lo inspeccionaba quitándose los anteojos, mirándolo de cerca cerrando un ojo, y metía una mano en el bolsillo de su pantalón beige pinzado y extraía un pañuelo celeste bordado y entonces lo frotaba contra el auricular, primero despacio, con gentileza, como buscando no romperlo y después cada vez con mas fuerza hasta ponerse todo colorado y respirar agitadamente y entonces lo colgaba en aparato y se acomodaba el pelo, y se alisaba un poco el bigote recortado con exactitud milimétrica y se sentaba en su escritorio para ordenar sus biromes y empezaba a trabajar.
Todas las tardes a las seis, se subía a su falcon azul para volver a su casa, para atravesar aquella puerta saludar a su esposa con un gesto y dirigirse a la habitación para quitarse la camisa celeste de mangas cortas, el pantalón beige pinzado y ponerse una camiseta blanca y unos pantalones de entre casa, para cambiar sus mocasines marrones por unas pantuflas a cuadros y recién entonces caminar hasta el jardín, con todas sus plantas y árboles recortados con exactitud milimétrica, mientras ella su esposa lo miraba a través de la ventana de la cocina y preparaba la cena.
A veces entraba apurado, con un gesto de excitación disimulado en el rostro y entonces ella sabía que él había encontrado un nuevo ejemplar para el herbario aquél que pasaba horas organizando, clasificando ayudándose con un centenar de enciclopedias que él leía con atención, porque era muy metódico, quitándose los anteojos de marco negro, cerrando un ojo y acercándose los libres hasta la punta de la nariz. Cada vez que encontraba una nueva muestra entraba así en la casa, con el paso apurado y las mejillas encendidas, con ese gesto que ella conocía de sobra porque era el mismo que tenía cuando hacían el amor, y lo hacían así, minuciosamente porque el era muy metódico y empezaba por darle algunos besitos cortos acariciándola toscamente y se desvestía sólo y muy rápido, y entraba en ella con prisa y al cabo de unos segundos se quedaba inmóvil, y ella sentía aquél cuerpo sudado que la envolvía oprimiéndola y suspiraba con alivio cuando él por fin decidía darle un beso en la mejilla, hacerse a un lado y encender el televisor.
Y estaba pensando en eso cuando lo vio entrar, con su hoja muerta entre las manos y entonces caminó decidida hacia la canasta de mimbre que le servía de costurero y tomó las tijeras más afiladas y lo esperó al final del pasillo. El se sorprendió al verla, contuvo el aire y la hoja seca se le deslizó de los dedos cuando ella le clavo su tijera de bordado en el pecho y se empapó de su sangre. El la miró con los ojos desorbitados y se dejó caer sin decir nada. Ella sonrió entre lágrimas, y volvió a sentirse una princesa de vestido almidonado y rodillas raspadas y cantó aquella canción que le cantaba a su padre cuando la levantaba por el aire después de haber dejado el maletín marrón apoyado contra la puerta.
Se arrodilló junto a él y empezó a pensar en como deshacerse de áquel cuerpo que tantas noches la había oprimido, y recordó en aquella vieja costumbre de despellejar el pollo minuciosamente que su marido había tenido siempre, y se rió entre dientes porque después de todo ella también había aprendido como ser metódica durante aquellos años.